¿Existe otro Sahara?

sahara

Agadir, en bereber granero

L.LAH, ALWATAN, AL MALIK, naturalmente en su grafía árabe, y tamaño poderosamente adecuado para que ningún vidente pueda evitarlo, adornan la ladera central del montículo que conduce a la antigua Kasbah de Agadir.

El panorama es soberbio.

AgadirDesde la atalaya -hoy restos de fortaleza derruida- el gran angular abarca un arco de aproximadamente quince kilómetros costeros, los que discurren desde su puerto pesquero, Al Massira, hasta algo más allá del palacio real playero (el monarca posee otro en el interior, sabiamente oculto en un bosquecillo urbano, tal vez para prevenir los efectos de un hipotético tsunami). Lindezas (¿o veleidades?) feudales aparte, turismo y pesca aportan el modus vivendi de este puerto centro-meridional marroquí, según se incluya, o no, el componente sahariano extendido hasta los limes mauritanos. En tal sentido, la propaganda política apuntada en sus mismas arena – <Sahara Marrocaine>- suscita la confusión, la duda, el interrogante: ¿existe otro Sahara?

Debes a Omar y a Roció Rosa la transcripción a tu alfabeto de la trinidad que rige la vida política y religiosa del imperio (sic) Alauita. El ejerce de profesor de fonética española (o castellana) en la universidad agaderí; ella es traductora y conocedora del árabe   y acompaña a su chico,  Cristian Crussat, en su misión evangelizadora de preservar, como lector, la marca lingüística hispana en la misma institución que el Dr Omar Aoukrim. No son ellos, sin embargo, quienes te traducen la máxima, sino tu anfitrión y buen amigo, Carlos Barbáchano, ensayista, traductor y gestor cultural educativo,  a quien conociste en tu primera Habana, hace ya más de veinte años. Y es él quien te recuerda que esa mismas tres palabras fueron emitidas hasta la saciedad por los noticieros radiofónicos en vuestra sociedad franquista cuyos ideólogos lograron extrapolar al solar hispano lo que hasta entonces tan solo regía en el enclave carlista: <Por Dios, por la Patria y por el Rey>, pomposo comienzo del Oriamendi, himno de la causa requeté.

No por ello, navarros y agaderíes tienen más similitudes que diferencias. Es más, mientras los primeros se muestran pertinaces defensores de sus fueros tradicionalistas cuyo principal rédito es su envidiable concierto económico, los arabo-bereberes representan, al menos a primera vista, a los marroquíes más dados al Western Way of Life; dicho de otra manera, los más contaminados por los efluvios que escapan al islam. ¿Obedece ello a la metamorfosis forzada que conoció la ciudad a mitad de la pasada centuria?  Escepticismos aparte, no osas pronunciarte.

El 29 de febrero del bisiesto 1960, a las 23.40, Agadir fue víctima de las iras, brutales, de la fuerzas de la naturaleza, quizás como hoy está ocurriendo tan desoladamente en Nepal. Aun de inferior magnitud (no superaba el 6 de la escala Richter) un terremoto inmisericorde sacudió sus cimientos y todo se vino abajo. Dicen que la mitad de su población —unas 13.000 de 25.000almas— sucumbió triturada por las piedras del montículo, quedando totalmente destruida su Kasbah, con sus graneros fortificados y barrios adyacentes; apenas quedó nada de arquitectura autóctona, incluso colonial francesa; alguna fachada, debidamente rehabilitada, resiste cual resto del naufragio. Cabía, por consiguiente, partir de cero. Y la reedificación se estructuró con criterios distintos a los que otrora aconsejara  la Umma o comunidad de creyentes. Los hamam o baños turcos (y públicos) perdieron su exclusividad tras su instalación en las nuevas moradas, las más de ellas insertas en medianas colmenas con el necesario ascensor; Hasta las invocaciones de almuédano resultan más metálicas, si es que las cazas.

Con todo, los orígenes, transmutados, no se evaporan  En el La Fleurie donde Carlos ha dispuesto tu alojamiento, el espacio cuadrangular de los desayunos acoge la práctica de la plegaria vespertina; y lo mismo sucede en muchos otros edificios con las “salles de prière” remozadas y en absoluto ocultas. ¿Tendrá esa modernidad, sin apenas paradojas formales, alguna incidencia en su menor presencia de los rasgos más convencionales del islamismo que en lugares como Casablanca, Fez o Tánger?

El conductor del cómodo autocar que te devuelve a Marrakech prefiere la música pop de los Beatles a la aborigen bereber; a tu izquierda, a tu compañero de fila, esta vez un muchacho envuelto en anorak azul, los pinganillos adheridos a sus oídos le sirven para reducirle temporalmente el trayecto. Un comportamiento amplio, flexible, que acepta sin desvaríos ni problemas visibles la convivencia de lo que precedió al terremoto con lo que lo prosiguió. Seguramente por eso, los velos no te retrotraen al integrismo, impactante de la prenda única, negra, con dos escasos orificios para evitar tropiezos, tal como tanto te chocó constatar en tu viaje de ida.

Agadir, cuyo topónimo bereber recuerda el granero —coinciden Chus G y Carlos B— del montículo fortificado (léase, de la Kasbah) —añade Rocío R— se erige como una urbe sin pasado; que no sin historia. No en vano, aquellos almacenes que le habían dado nombre quedaron difuminados ante el temblor de la tierra.  Pero eso, contrariamente a lo que pretenden enseñar las civilizaciones del Libro, también ofrece una cara buena: eludir la resistencia de lo viejo -que no de lo antiguo; esto persevera y se transmite a través del sentimiento, de la conciencia de identidad.  Puede que ahí radique la envidia de Tánger, un mundo en el que lo viejo ha desplazado a lo antiguo y la decadencia de su fase álgida, la que, entre espías y beatniks, discurriera entre la segunda guerra mundial y la crisis del petróleo, ha sembrado una melancolía mas bien cutre, muy alejada de la <saudade> de Lisboa y del <hüzün> de Estambul. De eso se salvan los moradores de Agadir, satisfechos con sus playas y sus caladeros.

A tu vera resurgen las cimas nevadas del Atlas. Recuerdas que desde la colina, tan sagrada, patriótica y monárquicamente tatuada (<AL.LAH, ALWATAN, AL-MALIK>) además del Atlántico, con sus mareas, se otea, cruzando las nubes, el picacho más elevado de la cordillera.  Dejas el desvío a Essaouira, y sin apenas creértelo apercibes que has entrado en Marrakech. Su extrarradio, verde y amorronado, sus lujos “asiáticos”, sus palmeras en posición de  firmes, sus radiantes hoteles, sus villas, sus buganvilias lilas, su campo de golf, su periferia febrilmente transitada,  con el Atlas imponente como telón  de fondo, no anuncian nada lo que se encierra en su corazón: bullicio, mercado y santidad. Y Xmaá El-Fnaá.

Qué lejos queda ya Agadir. Con su playa, su pesca, sus graneros perdidos.

Gonçal López Nadal

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